EL CIELO PUEDE ESPERAR, EL DIABLO DIJO NO.
Mis ojos se entreabrieron sin saber muy bien dónde
estaba. Unos segundos más tarde advertí, con enorme alivio, que había sobrevivido
a la operación de corazón. No sabía cuánto tiempo pasé durmiendo por el efecto de
la anestesia, aún me encontraba somnoliento. Tenía una sensación ambivalente: por
un lado, me sentía extrañamente contento al ver que había superado la delicada intervención; por otro, empezaba a notar una enorme
fragilidad en mi cuerpo, como si me hubiese arrollado una apisonadora. Acusaba
una fuerte opresión en el pecho y a la vez era renuente a pensar que me
encontrase en la Unidad de Cuidados Intensivos. En efecto, no era un sueño,
descansaba en una cama de hospital.

Conforme me iba despejando observaba, de manera
periódica, movimientos agitados en la sala. Iban y venían enfermeros, médicos,
especialistas; todos ellos procuraban atender de forma presurosa a los
enfermos. De vez en cuando, entraba un paciente recién salido del quirófano.
Cuando llegaban a la estancia las enfermeras y los cirujanos desfilaban casi de
forma marcial. Los sanitarios acompañaban al enfermo postrado en la cama hasta situarlo
en un rincón. Entonces se producía un frenesí de gestos y movimientos de los
enfermeros mientras los cirujanos eran testigos del ritual sanitario. Toda la
actividad se producía delante de mis narices, pero lo veía borroso por la
miopía que padezco desde joven. Sólo veía unas manchas verdes estáticas y otras
blancas que se movían con extraordinaria celeridad. Sin embargo, veía lo
suficiente para comprender lo que sucedía en cada momento.
Pasadas unas horas la sala se encontraba
inusualmente tranquila. Las enfermeras descansaban en el gabinete de reuniones,
situado a la izquierda de mi cama. En ocasiones las vistas resultaban tan
vaporosas como fantasmagóricas por la morfina que me habían dado para
sobrellevar lo mejor posible las primeras horas del postoperatorio. De forma
repentina vi desfilar, otra vez, a un equipo de enfermeros encabezado por un
par de cirujanos que acompañaban al paciente recién salido del quirófano.
Colocaron la cama a unos pocos metros de la mía. Incorporaron los goteros y
pusieron una mampara con el objeto de proteger su intimidad. Veía sobresalir
brazos, pies y cabezas moviéndose por encima del parapeto improvisado a una
gran velocidad. Los cirujanos, vestidos de verde y situados delante de la cama
del enfermo, asistían quietos al ceremonial de las primeras atenciones
clínicas. Tras acomodar al paciente, el cuerpo sanitario se marchaba de la
sala. Pasaron unos minutos y dos enfermeros, en forma de nubes blancas y difusas,
acompañaban a dos hombres de diferente tamaño y altura hacia la cama del
paciente recién operado. Había un hombre delgado y alto y otro más grueso y
bajo. El hombre escuálido se quitaba la cazadora, se pasaba su mano derecha por
la calva. El acompañante, bajito, moreno y de corpulencia normal, estaba
erguido. De pronto el hombre alto y delgado se desmoronaba. Dos enfermeros próximos
a ellos acudían, como un rayo. Le apoyaban sobre un sofá y le obligaban a
levantar los pies. El enfermero que lo atendía se movía con aires coreográficos,
parecía estar bailando alrededor del hombre desmayado. Sin embargo el sanitario
perdía el pie, realizaba un gesto brusco y se desequilibraba cayendo al suelo.
Cuando intentaba levantarse comenzaba a cabecear en señal de aturdimiento. Dos
compañeros le socorrían, trataban de levantarle los pies poniéndolos en
paralelo a los del hombre alto y delgado. Pero ambos chocaban sus cuerpos al
tratar de ayudar al compañero desfallecido.
Mientras observaba la escena me evocaba, por la
absurda situación y por su carácter teatral y tragicómica, a esas estrafalarias
y magnéticas imágenes de Roy Andersson. Una enfermera joven se acercaba a las
pantallas situadas a mi lado donde informaba de la tensión y de la presión
sanguínea. Luego dirigía una mirada serena y segura para decirme que el diablo
dijo no al mal sueño de la vida, que el cielo puede esperar.
Valencia
16 de julio, 2019