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lunes, 10 de octubre de 2016

EL ALCALDE

Por la calle pasa el alcalde. Sereno vuelve de comprar la barra de pan. Son las ocho y veinte. Hoy toca el horno la espiga, mañana irá a la panadería de la Inés. El miércoles la barra la habrá hecho Juan el cojo el de Panes Impares de la esquina Doctor Zamenof. Cada día el alcalde compra el pan en un despacho diferente. La confitería de la plaza la deja para el domingo. Es la única que abre en festivos. Nadie sabe qué pan prefiere. Él lo compra, lo coloca bajo su brazo siempre en la misma posición y camina. De vuelta a casa se para frente a quien le pregunta. Y a veces, en la parada, su cabeza se enrola en la nube de aroma a recién cocido. Entonces el alcalde saliva. A veces se le mancha la manga de harina. A veces llueve. Pero sólo una vez se le ha visto arrancar la punta de la barra de a cuarto y llevársela a la boca en medio de la calle. Fue en la esquina de la calle Colón con Botánico Cabanilles. Aquella noche el alcalde no había dormido bien y por la mañana era un hombre hambriento.



Amparo Juliá



A Carlos Aguilar, inspirador de este minirrelato.

DON PABLO

Julio de 1956. Merodeaba por la Torre de Madrid de la Plaza de España. Había quedado en aquel lugar con Don José Isbert para hacerle una entrevista. Cuando llegó me estrechó la mano y accedimos a la cafetería del rascacielos. Estaba nervioso, me inspiraba mucho respeto el actor y llevaba poco tiempo de crítico de cine. Antes de comenzar a preguntarle por su profesión se me ocurrió contarle el sueño que tuve la noche anterior: me encontraba en la Facultad de Derecho, de la Universidad Complutense. Los compañeros del aula no dejaban de observarme y no comprendía la razón. La profesora entró, pasó lista y al pronunciar mi nombre, me levanté, hice un gesto reverencial inclinando ligeramente el tronco al tiempo que le corregí a la mujer en un marcado acento afrocubano: no, señora, no me llamo Pablo Ferrando García, sino Pablongo, para servirla.



 Al lado mío estaba sentado un señor calvo, bajito, narigudo y con un timbre de voz rasgado. Iba vestido de esquimal y en su mano derecha sujetaba con una cuerda a un pastor alemán. Sonrió y al sentarme de nuevo dijo que no era racista en el momento en que advertí que mi piel era negra. El hombre disfrazado de esquimal era inventor, estaba buscando la radio para ganar un concurso. Decidí acompañarle al concluir la clase. Cogimos un autobús público y enseguida nos dimos cuenta que nos habíamos perdido. Sin saber porqué nos hallábamos en Villar del Río. Al bajar del transporte público el inventor se despidió y cogió, de forma apresurada, el taxi de un hombre llamado Toni. Al alejarse vi a un hombre narigudo que tenía el mismo grano de voz que el inventor disfrazado de esquimal. Llevaba un sombrero cordobés y vestía de andaluz. Se me acercó para saludarme aguzando el oído izquierdo con su audífono: hola, me llamo Don Pablo, soy el alcalde del pueblo. Y como alcalde que soy te debo una explicación y esa explicación es la que como alcalde que soy, te la voy a dar… Me quedé atónito. Comencé a reírme y estas risas se confundieron con las del actor en la cafetería de la Torre de Madrid.



Pablo Ferrando García

martes, 27 de septiembre de 2016


ALCALDE

Alcalde o Alcaldesa, una palabra muy de moda en estos tiempos. Casi siempre va unida a corrupción, prevaricación, falsedad de documento y otras palabras así, blanqueo, bueno robar pasta pero mucha, mucha. Y menos mal que es en € y no nos enteramos bien del todo, porque si es en "pelas" además de jodidos, apaleados.




¡Qué tiempos!... con Franco a eso le llamaban alcaldadas, o no nos enterábamos.


Pepe: tú, si tú, eres bueno, muy bueno, eres mi ídolo. Lo malo es que Marshall y su plan no nos dejara un puto dólar en el pueblo.




Carlos Aguilar