martes, 27 de septiembre de 2016


ALCALDE

Alcalde o Alcaldesa, una palabra muy de moda en estos tiempos. Casi siempre va unida a corrupción, prevaricación, falsedad de documento y otras palabras así, blanqueo, bueno robar pasta pero mucha, mucha. Y menos mal que es en € y no nos enteramos bien del todo, porque si es en "pelas" además de jodidos, apaleados.




¡Qué tiempos!... con Franco a eso le llamaban alcaldadas, o no nos enterábamos.


Pepe: tú, si tú, eres bueno, muy bueno, eres mi ídolo. Lo malo es que Marshall y su plan no nos dejara un puto dólar en el pueblo.




Carlos Aguilar

miércoles, 7 de septiembre de 2016

ILUSIÓN


                                                                                                          A Susana y Ana


Con la mirada perdida en la monda de la patata que está pelando, Ana siente como está a punto de ahogarla una tristeza densa, una marea de chapapote oscura formada por la acumulación de una gota de decepción tras otra.

Escucha abrirse la puerta de la calle. Bernardo acaba de llegar. Mientras acaban de cocerse las patatas, se dispone a poner la mesa para la cena. De repente, sus ojos comienzan a brillar al descubrir sobre la mesa del comedor un folleto precioso de un viaje a Venecia.



¡Por fin! ¡Bernardo ha pensado en ella! ¡Desde ahora mismo va a empezar a cambiar todo!

Con el corazón a brincos, disimula para hacerse la sorprendida cuando se lo entregue y vuelve rápidamente a la cocina. Al momento entra Bernardo, ya con su batín y sus zapatillas de felpa y arrugando el folleto con rabia.

- ¡Joeeeer, qué cansinos con la publicidad en los putos buzones!

Cruz Ferrando


lunes, 11 de julio de 2016



La cola advertía la equivocación del calzado de Irene y la duda sobre la motivación de Ángel por seguir allí. Yo utilizaba el tiempo pensando qué iba a decir cuando la tuviera enfrente. Desde hacía ya tres años, conocía y amaba su obra, y cada vez que había una noticia sobre su regreso a Valencia…. la leía al día siguiente.
Así que cuando por casualidad escuché que mi primo segundo, un genio del marketing y la publicidad, estaba preparando algo para una amiga suya y descubro que su “pelirroja favorita” es mi Paula Bonet y su “algo”, la presentación del último libro que ha ilustrado, creí morir. Obviamente me repuse de inmediato porque morir sabiendo que podía conocer a mi ídolo es de idiotas.


Así que más viva que nunca y totalmente interesada, llamé a mi primo para acercar el grado de consanguinidad  y con ello conseguir una cita con la estrella del momento. Hay que cultivar bien las relaciones si quieres sacar algo a cambio, y ésta había estado en barbecho bastante tiempo. Aun así, se mostró encantador cuando insistió en que era una exposición abierta al público y que en algún momento tal vez podría presentármela.
Y hasta allí nos dirigimos tres amigos que habíamos compartido noches de peligro, robando los carteles ilustrados por los que se hizo famosa, deseando tenerla cerca para poder contarle lo mágico que nos parece su mundo.

La cola avanzaba y con ella la preocupación de mis acompañantes: Irene, además del suyo, tenía el encargo de comprar un ejemplar a su hermana, otro a su mejor amiga y otro al chico que le gustaba y no sabía bien qué decirle a la autora para que cada dedicatoria fuera lo más personal posible; Ángel, por su parte, había decidido probar todos los vinos que sacaban los del catering para llevar mejor la espera y acabó utilizando cada ilustración del libro comprado, para repartir su número de teléfono a las estudiantes de Bellas Artes que encima le reían la gracia, sólo porque está bueno y lleva gafas de pasta.

Así que tomé las riendas de la situación y puse orden. Hablaría yo y ellos se mantendrían silenciosamente sonrientes. No habría ningún comentario sobre los carteles robados, ni las tetas de la Bonet ni descripciones eternas sobre para quienes van los libros. Tampoco estábamos ahí para vender nuestro momento a  Facebook o Instagram y éramos lo suficientemente mayores como para que se nos diferenciara de todos los estudiantes que estaban allí mismo. Éramos fans, no fanáticos.


 Se serenaron y avergonzados respetaron mi decisión. Sólo tres adolescentes nos separaban de estar con ella. Yo tenía ya los libros preparados para la firma y cada cosa que quería decirle estaba clara: presentación, petición, admiración y agradecimiento. Fácil.
En cuanto nos tocó, nos aproximamos al mostrador y pasó algo increíble: mis extremidades comenzaron a temblar y los libros cayeron al suelo. Cuando miré hacia abajo desconcertada, atisbé en el interior de mi bolso, una manga de la camiseta que ya no recordaba había metido por la mañana. Fue lo primero que me compré de ella con la ilustración “Soy de Ruzafa”. Mientras Irene intentaba recoger los libros lo más rápidamente posible, Ángel era testigo de un momento que no ha dejado de recordarme desde entonces y que cuenta cada vez mejor:

“Decepción. Vergüenza y decepción. Miró a Paula Bonet con ojos de loca y le dijo que llevaba buscándola desde hacía mucho tiempo porque tenía algo para ella. Aunque por su voz y por su cara todos, incluidos yo, esperábamos que sacase un cuchillo de dimensiones extremas, suspiramos al ver que se trataba sólo de una camiseta que, hecha un ovillo desplegó para pedir que se la dedicara por ser sufan más mayor”. La pobre ilustradora le acarició el brazo y muy displicentemente le indicó que no era buena idea porque no tenía un rotulador permanente, pero que si era capaz de encontrarlo, lo haría encantada. Aceptó hacerse cinco fotos obligada por nuestra amiga, que quería salir bien en todas las redes sociales y acabo abrazándola y susurrándole al oído: “Voy a escribir sobre ti en mi blog”. Dicen algunos vecinos de Las Naves, que por las noches aún se escucha una voz femenina que pregunta insistentemente ¿Alguien tiene un rotulador permanente para dejarme?”



Marga Cort





DECEPCIÓN


La vida es una montaña rusa, hay veces que estoy más cerca de ti y otras más lejos, unos amores son más fuertes y derrepente se enfrían, todo es un equilibrio. Nunca se sabe cuando se rompe pero casi siempre se rompe. Si se pudiera detener el tiempo en la subida y mantenerlo eso sería la felicidad pero no se puede. Tendríamos que no querernos, no hablarnos, no juntarnos, no compartir nada para que la DECEPCIÓN de la bajada no nos alcance.



Posdata: sé que he escrito mal de repente, es una decepción.


Era joven y pendenciero. Su capacidad de conquista no había tocado techo para elegir. En sus conquistas tenía ojo de cazador de sabana africana, tanto se decantaba por una gacela que por una torcaz. Lo importante era ver salir posta de su escopeta. No tenía mal gusto pero se decantaba más por la pechuga que por el contra muslo. Su conversación era divertida, las verdades se juntaban con las no verdades pero siempre terminaba en una sonrisa que a veces se tornaba en carcajada.




Su vida empezaba y terminaba en él y no era consciente de que las amistades risueñas se terminan antes que su memoria.

Los años se acumulaban pero su comportamiento no, las amistades se iban marchitando. Un día entró en una melancolía que se juntaba con depresión. Sus conocidos se lo notaron pero no se atrevían a preguntar y él menos a contar.

Fue al médico y le dijo que era la segunda vez que había salido de caza y le había fallado la posta y el médico le dijo que a todos nos llega esa DECEPCIÓN.


Carlos Aguilar


domingo, 22 de mayo de 2016

ESPECTADOR



Es una palabra que nos delata como pasivos, creo que hay veces que eres pasivo-agresivo, como los seguidores de determinados deportes de masas como el fútbol, las famosas “barras bravas argentinas” como nos canta Sabina y la chica que va moviendo su pollera ante los seguidores de Boca.

Hay veces que ser espectador es frustrante, sobre todo cuando te gustaría actuar y no ser un mero espectador pasivo y que cada uno use la imaginación para ponerse en situación.

Si hay una situación de espectador que me encanta y no me gustaría cambiarla por nada es cuando soy espectador de una corrida de TOROS.  Sé que, en estos momentos, los toros causan cierta discusión, pero a mí una buena “CORRIDA” me genera felicidad, que es de lo que se trata.



Posdata: cuando hablo de corrida es de TOROS.


Carlos Aguilar

DEMASIADO


“Demasiado” es un adjetivo que no me gusta. Es tibio y pusilánime. Para lo bueno no alcanza. ¿No es estúpido intuir que pueda haber en alguna ocasión demasiado amor, demasiadas risas, demasiada ternura, escucha, pasión, complicidad, entusiasmo, ilusión, música, sentir…? Y para lo malo es anodino ¿demasiado dolor, miedo, frío, oscuridad  en lugar de un dolor desgarrador, un miedo atroz, un frío atenazante o una oscuridad abismal…?

Tolero “demasiado” cuando se emplea para la ocasión perdida, la oportunidad de vivir algo que dejamos pasar:

Cuando decidí amarle ya era demasiado tarde, sus ojos miraban en otra dirección.




Aunque si quitamos “demasiado” en la frase anterior tampoco perderíamos demasiado.


Cruz Ferrando