El hombre del cráneo rasurado
En homenaje a André Delvaux.

Eran las ocho de la mañana cuando Andrés comenzó a
sentirse mal. Estaba desayunando, pero al poco tiempo sintió una fuerte
opresión en el pecho. Tenía la sensación de que le faltaba aire, como si
tuviese en el pecho un bloque de hormigón muy pesado. También experimentaba un
sudor frío por la frente. Su aspecto era frágil y el rostro era de una palidez
ebúrnea. Se encontraba terriblemente fatigado de forma repentina. Medía un
metro setenta, tenía los rasgos afilados: mentón pronunciado con un pequeño
hoyuelo, nariz aguileña, mejillas rectilíneas, ojos negros profundos y el
cráneo rasurado. Estaba sentado en la cocina bajo una lámpara que emitía una
luz tenue. ¡Pepita!, gritó el hombre, ¡he tenido un pequeño mareo y me duele el
pecho! Al instante entró de forma apresurada una delgada y nerviosa mujer de
unos sesenta años, que se precipitó hacia su marido para preguntarle si quería
tomar agua natural. El hombre asintió angustiado con la cabeza y se dirigió, no
sin apuros, al comedor. Querido, túmbate un momento en el sofá y cuando te
encuentres mejor tómate la cápsula de caciritrina, voy a traerte agua. Unos
instantes después la mujer acudía de nuevo a ver cómo se encontraba el marido
mientras le entregaba el vaso de agua. ¿Estás seguro de que podrás irte al
congreso a dar la conferencia? Preguntó su mujer en un tono que delataba
escepticismo. El perfume aromatizado que desprendía Pepita allá por donde
pasaba impregnaba un ambiente dulce y fresco. Andrés se animó, en parte por el
agua y en parte por el suave y agradable efluvio de la fragancia de Pepita. Se levantó del sofá con cierta dificultad, luego puso una sonrisa esforzada, un gesto que manifestaba ternura. Estaba ruborizado por su debilidad,
se encontraba decadente y se le pasó por la cabeza comenzar a ir a un gimnasio
para hacer deporte. Cariño, antes de marcharte que no se te olvide la pastilla,
por favor, le recordó Pepita.

Al salir del comedor comenzó a caminar por el largo
pasillo de su casa, pero se detuvo ante un cuadro que en realidad era una burda
imitación de La isla de los muertos de Arnold Böcklin. Unos timbrazos del
teléfono rompieron el silencio del recibidor y éstos le sacaron de su
ensimismamiento. Pero fue Pepita quien descolgó el aparato. ¿Si?, ¿ah, Nacho,
cómo estás? Pues, bien, está recuperándose…resultó delicada su intervención
pero se encuentra mejor…Gracias por interesarte…Si…el hígado responde bien, no
ha habido rechazo. Vale, descuida, ahora le diré que os encontraréis en la
facultad, de acuerdo. No hizo falta repetir el mensaje a Andrés porque estaba
oyendo la conversación al final del pasillo, a un par de metros de la puerta de
entrada de la casa. Hasta luego, Pepita, ya te llamo cuando termine la
conferencia, espetó Andrés mientras cogía del estante de la entrada una
carpetita negra donde se encontraba el texto de su ponencia. Sin embargo, antes
de abrir la puerta Pepita le riñó afectuosamente, como si fuera un niño pillado
en falta. ¿Qué no me das un beso, hijo? Andrés se volvió hacia ella y le dio en
la mejilla un sonoro beso de despedida. Al alejarse de él la mujer le aconsejó
que llevara un paraguas, estaba comenzando a llover. Andrés hizo caso omiso a
la recomendación de Pepita y salió de su casa sin él.
Una fina lluvia humedecía las aceras y el asfalto.
Andrés se guarecía bajo los balcones de las fincas. Descendía por la calle
Joaquín María López y se dirigía al metro de Moncloa. A punto de alcanzar Isaac
Peral para coger el transporte público advirtió un escaparate de televisores de
alta definición. De pronto sintió que sus piernas temblaron unos instantes y se
quedaron paralizadas frente al establecimiento. Sufría claudicación
intermitente, la enfermedad de los escaparates, que es cuando las piernas no responden por momentos. Mientras seguía
lloviznando se quedó petrificado delante de la tienda de los aparatos
domésticos, la cual presentaba enormes contrastes porque los luminosos y el
mobiliario eran antiguos, trasnochados, a su vez los electrodomésticos de la
última generación engalanaban la vitrina de la tienda. En uno de los plasmas
estaban poniendo la escena que abre Fresas Salvajes de Bergman: el profesor
Isak Borg sueña con su propio ataúd. En ese instante Andrés rompió a llorar,
sus lágrimas se confundían con la lluvia. Al lado del plasma había otro
televisor de alta definición que emitía nieve electrónica. Andrés se quedó
prendado ante la hipnótica imagen vacía y experimentó un vértigo inesperado por
el carrusel de imágenes que le sobrevino al ver discurrir toda su vida en unos
pocos segundos. Le pareció una eternidad, aunque fueron escasos segundos. Entre
la catarata de imágenes que desfilaron por su memoria recordó, sin saber
porqué, una imagen de su infancia: era el primer día de colegio y le acompañaba
su hermanita que, al cruzar un paso de peatones se resbaló en un charco de
agua, mientras sus padres estaban contemplando la escena con la mirada triste y
perdida. Andrés salió de su estado de ensimismamiento y recuperó el ánimo
cuando se le cayó al suelo la carpetita negra al tropezarse con una joven. Ella
imprecó frases inconexas: señor tenga cuidado que Dios está entre nosotros,
está aquí contigo y conmigo... nos está espiando… El hombre acabó de darse
cuenta de que había olvidado la pastilla y volvía a sentirse mal. El encuentro con
la joven le distrajo de esta preocupación, pero le entristeció sobremanera la
escena de la joven, pensó que ésta padecía de algún trastorno. Unos segundos
más tarde notó que ya podía mover de nuevo las piernas, se alejó presuroso de
la chica y del lugar donde se había detenido y se introdujo en el metro de
Moncloa.
Andrés se alejaba de la zona urbana cuando llegó a la
parada de la Ciudad Universitaria, en la Universidad Complutense. Entró,
llevando consigo la carpetita negra, con asombrosa presteza a la Facultad de
Ciencias de la Información, un edificio enorme de hormigón que tenía forma de
búnker. Andrés se dirigió al salón de actos con ganas de sentarse para recobrar
el aliento. A unos pocos metros del acceso al salón encontró a su amigo Nacho
sentado en una butaca de la primera fila. Estaban inaugurando el evento
académico cuando Andrés se puso al lado de Nacho. Cinco minutos más tarde notó
un fuerte dolor en la espalda, así como escalofríos por todo el cuerpo. Le
dolían los hombros, el cuello, los brazos, también empezó a tener la piel
sudorosa, fría, pegajosa. Le faltaba la respiración y volvió a notar una
presión fuerte en el centro del pecho al tiempo que tuvo, momentáneamente,
sensación de plenitud. Luego comenzó a sufrir náuseas y mareos. El pulso se le
disparó y no sabía cómo decirle a Nacho que se encontraba muy mal. No quiso
molestarlo, prefirió excusarse, no quería llamar la atención. Trató de
levantarse para salir del salón y buscar cuanto antes una farmacia. Pero no
podía, las piernas volvieron a fallarle en el peor momento. Experimentó un
indolente parpadeo en sus ojos, como si se encontrara terriblemente fatigado y
se sumergiera en un letargo profundo. Oía voces lejanas, era incapaz de
reaccionar, el cuerpo desmayado ya no respondía frente a los lejanos gritos que
oía de la gente que le rodeaba tratándole de hacerle reaccionar. Una pálida luz
sobre el mal sueño de la vida inundó su última visión.
Pablo Ferrando
Valencia, 28 de Septiembre, 2013